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Hacía más de un año que no le veía, y anoche cenamos juntos, a la orilla del mar. Amigos de casi toda la vida, aficiones comunes, incluso un mismo tono en nuestros fracasos, y distinto en nuestros triunfos, si es que se pueden llamar triunfos a algunos sucesos. Me contó cómo había sido su vida durante el último año y medio, me contó su desastrosa experiencia y su renuncia definitiva al amor y me preguntó por la mía… Por un momento me alegré de no haber tenido que verle en tan mala situación, y, sobre todo, me alegré de no haber tenido que contarle mis últimos avatares in situ. Desde la distancia del tiempo se acorta la magnitud de los disgustos, y todo parece mucho más llevadero y banal cuando ha pasado cierto tiempo. Será porque el tiempo todo lo cura… Qué curioso que ahora, 24 horas después, reflexione sobre el tiempo y me de cuenta de que unas veces es un perfecto aliado de algunos intereses, para luego pasar a ser algo despreciable, cruel y tirano que jamás da tregua a las vidas humanas. Lo cierto es que anoche el tiempo voló entre la brisa marina y se resumió en apenas unas frases que ni siquiera ya tenían sentido al ser pronunciadas y la vehemencia que les daba valor hacía mucho tiempo que había trasmutado en una peligrosa y tristona resignación que se pegaba como el alquitrán de la arena a los pies del alma…

Sentido común, decía, lo único que no ha de faltarte en la vida es el sentido común. Es la regla de oro para que todo salga bien y nunca, jamás, falla.

Claro, ¿cómo va a fallar? Pero… Entonces ¿vives? Eso sólo era un pensamiento mío que no trascendía las barreras de la intimidad, y se quedaba en agua de borrajas, o casi que más que un pensamiento, era una de esas cosas que se aprenden de tanto darle vueltas al magín en los recovecos de la propia existencia. Y ya se sabe… la idea mata a la estrella, la aniquila… Una lleva toda la vida aplicando el sentido común una y otra vez, hasta que se va desgastando, erosionando, y adquiere un tinte artrósico que anquilosa la vida, y es entonces cuando el acontecer cotidiano se hace monótono e insoportable, terriblemente insoportable. ¿Acaso no es el riesgo lo que da sabor a la vida? ¿O es la incertidumbre de andar por arenas movedizas lo que nos paraliza? ¿Consiste en eso el dilema existencial? ¿O será que yo no estoy a la altura de esta enfermedad de trasmisión sexual que es la vida? Todas esas preguntas me hacía en el regreso, cuando recordaba la conversación en la estridente seguridad de mi dormitorio vacío…

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No sé decir

No sé decir

la vida se desgarra en las palabras

mientras la dulzura del silencio me acaricia

entre tus labios de azúcar

y te recuerdo siendo mío

en esa urgencia de parsimonia que nos envuelve

cuando entre sábanas no sé decir

que eres más que todo, que sin ti

la vida no es, y que contigo

el alma tremula y tú sabes

que arranqué las margaritas

para no preguntarles jamás.

En clave de mí 2

…Porque es así como acaban los días de mi vida, estampados en una hoja de papel que ni siquiera tiene líneas, apenas un poco de esa cotidianeidad que ofrece el espanto, sí, ese mismo que nombraba Borges y que nos une a todos; porque las personas por dentro no dejamos de ser iguales, es algo que descubrí hace tiempo, cuando escuchaba las quejas de mis amigas mientras tomábamos café. Los mismos patrones, las mismas fantasías, distintos sueños, pero con las mismas formas de mantenerlos, alimentarlos y darlos a conocer entre el café con leche y azucaradas confesiones…

…Pasó mucho tiempo. Aquellos días de estrés también pasaron. Ahora me miran ajenos desde el arcón del pasado, como dandome otras claves con las que atemperar la vida… Murió el pasado y el presente se hace evidente, yo me hago evidente ante mí misma y mi camino sigue por otros derroteros con horizontes brumosos e inciertos. Me pregunto si esto es lo que llaman madurar o quizás envejecer?…

En clave de mí

Suena el despertador y parece que las sábanas tengan tentáculos, me absorben hacia dentro con una marea onírica de sueños involutivos que seducen mi voluntad, ahogando cualquier amago de independencia insolente ante el estruendo que anuncia la realidad… Pero él no se rinde, sigue llamando a las cosas por su nombre con su voz de realidad, precisamente ahora, en lo mejor de mi sueño… ¡Venga! ¡¡sigue sonando, maldito!! ¡¡Sigue!!

Saco la mano por debajo del edredón. Noto el frío, es ese frío de cuando empieza a amanecer, ese mismo que se te mete en los huesos y te arrastra hacia el radiador, y pienso con poco entusiasmo en la falda que tengo que llevar para el trabajo.

El maldito vuelve a hacerlo de nuevo, ya no queda más tiempo, dice… Unaaaaaa, doossss y tres…  me levanto casi de un salto traicionando a las sábanas: el maldito ha ganado de nuevo. Me pongo la bata y las chinelas y voy hacia el baño sin apenas abrir lo ojos, recordando aún la tibieza de mi sueño, la tórrida escena de mi mundo truncado.

Cinco minutos no es mucho tiempo, pero cinco minutos bajo el agua son suficientes para arrancarme la ilusión, cinco minutos y ya empiezo a pensar, a malvivir…

Quiero volver a sus brazos, quiero dormirme y no despertar nunca, ser siempre una parte de ese todo que vaga en mis noches,  la ilusión de un día sin página en el diario, de un renglón sin torcer… Ilusa.

La Fuerza del Destino

En aquellas tragedias griegas, donde el destino imponía su inevitable designio en las vidas de los personajes sofócleos, y ningún oráculo lograba librar de la fuerza epifánica y causística de errores de antaño a unos personajes inocentes que se sumían en sus terribles consecuencias sin que, a veces, ni siquiera ellos los hubiesen cometido, se nos revelaba que nada es susceptible de huir de un camino trazado por unas fuerzas generadoras que van manifestándose en un acontecer determinante hacia un desenlace trágico, único y previsto de antemano, imposible de cambiar.

Hoy veríamos el destino como el carácter propio de la inversión de vida con la que avanzamos a un final irremisible del que no somos conscientes y sí sufridores. Realmente, ¿somos los personajes de una historia escrita de antemano? Si es así, nada de lo que sucede es casual y somos las piezas de un rompecabezas universal que se va configurando con nuestras propias existencias y experiencias y las de otros como fuerza creadora para la tarea de cumplir un Destino común, es decir, el hombre vive un destino individual que se suma al de la colectividad, cumpliendo un Destino de Destinos, y cumplirlo sería la razón de su vida, tanto individual como colectivamente.
Así, sin que podamos elegir apenas ni el orden ni las piezas de ese rompecabezas, hechas de un material que se deshace entre las brumas de lo mágico y esotérico, se va consumando ese Destino de Destinos en un movimiento armónico de causas y efectos que constituyen la continuidad de una espiritualidad, de un infinito.

En nuestro afán por controlarlo a toda costa, acudimos a la ayuda de adivinos, astrólogos y profetas en busca de vaticinios que resuelvan nuestra vida particular garantizándonos la perpetuación de la individualidad frente al colectivo y asegurándonos que esos momentos únicos que se suceden en un devenir existencial conducido con la propia fuerza del destino, tengan una esperanza de ser guiados en beneficio propio. Pero quizás debamos pensar que nuestros esfuerzos, al igual que en aquellas tragedias griegas, resulten vanos ante lo inaprensible del tiempo y el espacio que los conforma, y que lo único que nos queda entonces es la aceptación de la vida propia como un acto de descubrimiento constante que se enaltece en sí mismo. ¿Puede haber algo más sublime que cumplir nuestra razón de existir?

El destino, pues, está escrito, sólo nos queda descubrirlo.

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El Túnel, Ernesto Sábato

Lo leí en menos de tres horas. Fue como un latigazo a mi dormida pasión literaria, un sumergirse en ese túnel en el que a veces se convierte la existencia y tomar el mismo ritmo vertiginoso que te arrastra al fatal desenlace.

Una historia paradójica y angustiosamente racional que se conjuga en una relación de amor patológica y anticonvencional sustentada en el raciocinio masoquista de un pintor sin identidad propia: Juan Pablo Castel, y una esposa mal avenida que se encuentra inmiscuida en una vida absurda y vacua donde no se siente viva.

Desde su encierro en prisión por el crimen de María, Juan Pablo va desvelando el espanto de su propia destrucción a través de la destrucción de lo único que le da algo de sentido a su vida.

Cada una de las piezas de la novela ejerce su función inexorable mientras nos desliza por un túnel, ese túnel existencial al que alude el autor, donde nada puede escapar y conduce irremisible a un desenlace autodestructivo. La soledad es la excusa, la falta de comunión con el mundo del personaje y el anhelo de encontrar una luz en la despiadada búsqueda de sí mismo, algo que le alivie de su enigma existencial y que acabará creyendo encontrar para luego destruirlo. Su propia necesidad se une a la de María. Ambos se identifican, pero ella no se deja arrastrar por la desesperación de él. Juan Pablo no puede resistir creerse la ilusión de verse reflejado en alguien que sabe ajeno a él y a la vez forma parte de su lado más despreciable y en ese masoquismo contradictorio toma la decisión de destruir lo único que ama porque a la vez le lleva a la culminación de todo aquello que él odia en sí mismo, de todo lo terrible de su persona. Conforme avanzamos en las páginas, el fatal desenlace de la novela se hace casi imprescindible y necesario; la pérdida del control es en realidad una liberación del propio sufrimiento que no le deja vivir y con la destrucción de María acaba también destruyendo al fin una parte de sí mismo.

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Hola, amor

En estos últimos minutos del día en los que dejaré de pensar en ti por hoy, en esta hora en la que la noche avanza arrastrando sus minutos de melancolía hacia un abismo dulce de distancia y extrañeza, impregnada de lo que se intuye entre las nubes grises de mi vida y de la tuya, de aquello que nos une y lo que nos separa, de todas las cosas que me gustaría trasmitirte sin palabras en nuestra próxima cita, me dejo llevar y me sumerjo en un ensueño que te me acerque mientras escucho el suave murmullo de la radio en la habitación, y te siento en el recuerdo de una mirada que me acarició derramando su calor sobre mí, como un manto de amor donde cobijo ahora mis flaquezas de estar sin ti.

Si no te tengo, si por las mañanas solo preparo una taza de café y apenas basta el azúcar para endulzar la soledad que me ahoga por dentro, sabiéndote lejos, pero tan cerca que si cerrase los ojos todavía podría sentir tus labios, y en ese recuerdo se fragua de repente el sentido de mi vida, mezclado entre el café que remuevo y bebo en esta mañana en la que me faltas, y es entonces cuando entiendo que aunque yo muera por estar contigo y sentirte en mí, sé que de amor ya no se muere.

Siempre tuya.

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El Legado Romano

Cuanto más indagamos en la concepción de la vida que asume el hombre de un país determinado, más nos vamos encontrando con los restos de culturas lejanas en el tiempo, pero muy presentes en la herencia ancestral que todos llevamos dentro, la cual es parte de ese inconsciente colectivo donde se nutre la experiencia propia y presente. El hombre va trasmitiendo, generación tras generación, unas pautas de comportamiento determinadas que, si bien pueden modificarse y mejorarse, tienen un fondo común dentro de un substrato que podría incluso ser genético.

A propósito de la mentalidad que conforma todo lo que es y ha sido el hombre español y su carácter, y escarbando en la historia a fin de comprobar esas raíces que subyacen dentro de nuestras actitudes, aún atendiendo a toda esa mezcla de razas y culturas que a lo largo de la historia han ido influyendo en él, creo que debemos dar prioridad a nuestro mayor legado cultural: el legado romano, que definitivamente fue el que más asentó las bases de la futura civilización que seríamos hoy.

Según el historiador griego Polibio, de refinada formación helenística, la explicación de por qué Roma alcanzó esa supremacía en toda Italia y expandió su dominio hasta el Oriente Mediterráneo, se debió, entre otras cosas, a un motivo puramente humano: al carácter, las costumbres y tradiciones de un pueblo, que le asegurarían su superioridad ante el resto con una fuerte identidad y estabilidad que permitían el progreso.

Dentro de esa sociedad romana el hombre se regía por una serie de creencias y valores muy arraigados que le permitían mantener una unidad virtual de identidad en el vasto territorio donde llegaron a dominar, y que se asentaban principalmente en determinados ideales (virtus) que se entreveran entre sí para conjugar un determinado modelo de vida: Un ideal de vida principalmente inspirado en la vida campesina, que exige unas pautas determinadas de conducta, como son la lealtad, laboriosidad, sobriedad, perseverancia, mantenimiento del orden y estabilidad de la propiedad, todas ellas cualidades que redundan en una mejor adaptación a esa vida, y con las que el ciudadano romano, pese a vivir en ambientes urbanos, siempre se identificaría e incluiría adaptándolas a su vida urbana.

No es casualidad que se denomine cultivo a la adquisición de ciertas cualidades intelectuales ya que es una palabra que proviene del latín “colere” que hace referencia al cultivo de la tierra y a la veneración de los dioses y por extensión al cultivo del espíritu que integra esos valores. Sus derivados, ya mas alejados de la raíz semántica lo confirman: culto, culteranismo o cultura y evidencia la enorme importancia que tenía la vida sencilla campesina en el mundo romano como estandarte del buen romano.

También aparece como elemento primordial en esa mentalidad un marcado carácter social. El romano se siente parte de una sociedad a la que se debe, empezando por la familia, donde se adopta el sentimiento de lealtad y compromiso, y acabando con el resto de los ciudadanos, patria y estado. De ahí el romano asume funciones sociales (humanitas) que se supeditan a unas jerarquías necesarias para la vida social, pero siempre manteniendo una individualidad intrínseca.

Otro de los grandes paradigmas del buen romano lo conforma el dominio de sí mismo, entendido como una actitud pragmática ante la vida con el fin de un mejor cumplimiento de sus obligaciones dentro de la familia y dentro de una sociedad. El autocontrol y la contención de las pasiones son considerados primordiales para conseguir la armonía ideal acorde con la naturaleza.

Representativo de esta idea es, por ejemplo, el filósofo Séneca y su estoicismo, el cual fundamenta la felicidad verdadera en el interior del individuo y en su cultivo a través del dominio de sí mismo para llegar a una armonía interior que permitiría al hombre ser sabio:

La vida feliz es, por tanto, la que está conforme con su naturaleza; lo cual no puede suceder más que si, primero, el alma está sana y en constante posesión de su salud; en segundo lugar, si es enérgica y ardiente, magnánima y paciente, adaptable a las circunstancias, cuidadosa sin angustia de su cuerpo y de lo que le pertenece, atenta a las demás cosas que sirven para la vida, sin admirarse de ninguna; si usa de los dones de la fortuna, sin ser esclava de ellos. Comprendes, aunque no lo añadiera, que de ello nace una constante tranquilidad y libertad, una vez alejadas las cosas que nos irritan o nos aterran; pues en lugar de los placeres y de esos goces mezquinos y frágiles, dañosos aún en el mismo desorden, nos viene una gran alegría inquebrantable y constante, y al mismo tiempo la paz y la armonía del alma, y la magnanimidad con la dulzura; pues toda ferocidad procede de debilidad.

Sobre la felicidad (Séneca)

Efectivamente, si atendemos a las grandes figuras literarias de la época vemos cómo avalan esta forma de entender la vida, muchas veces a través de evocaciones de los grandes hombres de la tradición antigua para instruir a las gentes. Un ejemplo sería el retrato de Catón el Censor hecho por Nepote:

Desplegó una actividad sin igual en todas las facetas de la vida: fue un hábil labrador, político experimentado, un profundo conocedor del derecho, un gran general, un orador encomiable y aficionadísimo a la literatura. Entregado, aunque ya en su vejez, al estudio de las letras, progresó en él tanto, que difícilmente podía encontrarse nada, referente bien a Grecia o a Roma, que él ignorara. Ya desde su juventud escribió discursos. En su vejez se dedicó a escribir historia de los reyes de Roma, el segundo y el tercero el origen de todos los pueblos itálicos: de ahí parece que designó a su obra con el nombre de Orígenes. En el cuarto trata de la primera guerra púnica y en el quinto de la segunda. Todo se narra de una manera sucinta. El resto de las guerras las historió de igual modo hasta los tiempos de la pretura de Servio Galba, que fue el que saqueó la Lusitania, pero en todas estas guerras se abstuvo de dar los nombres de los generales, sino que narró los hechos sin dar nombre alguno. En estos mismos libros de sus historias contó cuanto sucedió y cuanto creyó digno de admiración tanto en Italia como en España; demostró en toda su obra una gran capacidad de trabajo y gran esmero, pero no una gran cultura.

(Vidas, 24.3) Antología de la literatura latina

A poco que nos fijemos podemos descubrir que aún hoy, y pese a los tiempos modernos que muchas veces diluyen o disfrazan los valores en sucedáneos inconsistentes, permanecen indelebles algunas de esas características romanas enraizadas en nuestro sentir, sobre todo en aquellos lugares en donde la impulsiva impronta árabe u otra apenas dejaron huella, permaneciendo casi intacta la sobria huella romana, como es el caso del sentir castellano, por ejemplo. También podemos comprobar que en la América latina aún sobrevive mucho de este ideal romano, con más pureza, quizás, que en la Península; seguramente debido a unas circunstancias de vida que han propiciado que así sea, y que, al fin y al cabo, va a ser el rasgo intrínseco que nos hermane a todos los latinos.

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Bricomaníacos

Con el auge de los programas televisivos de bricolaje, muchos de nosotros nos sentimos tentados de probar suerte. Nos ponemos el domingo por la mañana frente al televisor a ver con qué facilidad se hace, por ejemplo, un armario ropero de puertas corredizas.

Bien, el programa empieza con el presentador informando sobre los materiales: tableros de contrachapado de 3cm de espesor, ruedecillas, raíles, tiradores, tirafondos… poca cosa.

Empieza el trabajo.

Lo primero que vamos a hacer es cortar los tableros… medimos con precisión según el tamaño que hayamos decidido para el armario. Con la regla fotoeléctrica y un lápiz antiserrín marcamos unas líneas que nos servirán de guía para el corte.

Cogemos a continuación nuestra sierra multiprotónica de alto voltaje, nos protegemos los ojos con una máscara de cierre centralizado por ambos lados y realizamos el corte apoyando la sierra a una guía de precisión automática.

Tú ya empiezas a ponerte nervioso. Recuerdas aquella sierra medio oxidada que tenías en el jardín y que ahora usas para podar el almendro. Piensas que igual, dándole un poco de aceite, podría valer y te preguntas si te servirá una careta de plástico duro que usaste en la última nochevieja, también podrías sustituir el lápiz y la guía por algún invento creativo que ya pensarías en su momento. Sonríes optimista, piensas que es factible y sigues viendo el programa.

Cuando ya tenemos recortadas todas las piezas debemos pulir los contornos irregulares. Cogemos nuestro pulidesfragmentador de astillas lo ponemos en fase B con nuestro desfibrilador de neutrones y le damos un par de pasaditas… No conviene quedarse cortos, ni tampoco excederse mucho para que la madera ajuste bien. Luego, con nuestro taladro de plasma portátil y la cuchilla fragmentadora haremos un corte rectilíneo en ambos extremos del tablero que nos permitirá colocar el riel por donde correrán las puertas. Aplicamos el accesorio despachurrador para los agujeros de los tiradores y los tirafondos.

Aquí ya has tenido que ir a la cocina a por una cerveza. Estás rumiando cómo vas a solucionar ese tema. Ya! Quizás un cincel y un martillo viejo que tienes en el trastero… Los carpinteros de toda la vida hacían así sus muebles y nunca habían tenido problemas. Costaría, eso sí, mucho más tiempo. No. No te convence lo del cincel, definitivamente.
Cuando llegas de la cocina, el presentador ya ha colocado los rieles, los tirafondos, los tiradores y ahora está dándole el acabado.

Para el acabado estamos utilizando la pintura especial que podrán encontrar en tiendas especializadas y con esta pistola hidráulica tan práctica acabamos el trabajo en unos pocos minutos.

El presentador llena el cartucho y fumiga el armario con envidiable precisión. El armario, impecable, reluce ante la cámara, pero, el tiro de la pistola hidráulica, ya acaba de rematar tus esperanzas y te convences de lo inútiles que son estos programas mientras le das al zapping…

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Fantasía de lluvia en blanco y negro

Hoy llueve. La lluvia de invierno siempre trae consigo esa melancolía gris que me transporta a un mundo en blanco y negro desde el sitio donde la contemplo, y veo a la señora Dolloway que se dirige a comprar flores, asustándose por la explosión de una de esas máquinas infernales llamadas automóvil, e imagino a Virginia Woolf susurrándole al oído todos los colores con los que estaba pintado el mundo entonces, los de las flores y los de los pensamientos de las personas que ahora, casi un siglo después, se diluyen entre la lluvia que cae de nuevo; y ese murmullo del agua gris me sigue devolviendo a la memoria del silencio en blanco y negro como el agua es devuelta infinitamente a la tierra que la sostuvo en otras épocas… Es el silencio del cine y de tres de los grandes héroes de su elocuencia: Buster Keaton, un genio en el despiadado tren del progreso, rumbo hacia los colores desvaídos de la floreciente industria cinematográfica de su tiempo; Harold Lloyd, empecinado en detener el tiempo colgándose de sus manecillas, y Charles Chaplin, en ese eterno silencio gris de sus filmes, significativo y agridulce que tan bien supo pintar los colores de la risa amarga e irónica del ser humano y sus miserias, poco después de que Freud se sumergiera en las oscuridades de la mente humana en busca del arco iris psíquico. Nacer del gris en una época gris y crecer en blanco y negro para expresar todos los colores del mundo y después acabar muriendo entre ensueños de lluvia que cae en un día gris de melancolía otoñal un siglo más tarde…

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