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La efímera gloria de las cosas

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El sueño de Escipión

Entre los segundos que conforman el tiempo, se alza y se derrumba la efímera gloria de las cosas, y quizás, también de la misma vida.  Stelmarch.

Último día del año;  deambulando por la ciudad medio desierta de las seis de la tarde. Las calles sorben la media luz que aún las ilumina, pariendo sombras aquí y allá, y el aire de poniente, demasiado cálido para aquellas fechas, logra ascender los termómetros urbanos casi hasta los 17º. Siento como las sombras van apoderándose de las aceras, y los comercios escupen a los ojos sus artículos, tan repetitivos detrás del cristal que casi llegan a impresionarme.
Unas cuantas macetas de piedra salpican el pavimento gris llenas de pálidas flores de Pascua, a estas alturas ya ahogadas por la contaminación. Los adornos urbanos separan la calzada de las aceras. Tropiezo con uno al querer cruzar la calle deprisa. De repente se me antoja un presagio indefinible y aquel conglomerado fugaz de falacias navideñas se desvanece ya entre pensamientos paganos del nuevo año que se anuncia, rimbombante, en algún cartel.
Cerca de la antigua tienda, la urgencia por llegar detiene todo interés por lo que bombardea el entorno, y entonces me doy cuenta: Ha dejado de existir. Sus puertas, cerradas con una reja y con papel pegado a los cristales, ofrecen la visión fantasmal del vacío que la habita ahora. Toda la antigua fachada se ve como unas ruinas desangeladas de un glorioso consumismo anterior. En la puerta principal, un patético cartel anuncia su propia decadencia, el último vestigio de dignidad de un emblemático símbolo del desarrollo económico de la ciudad, y entonces se revela ante mí la efímera gloria de las cosas.
Sin pena ni gloria doy la vuelta a la esquina y me dirijo a la parada de autobús más cercana mientras me planteo la efímera gloria de las cosas. Cicerón tenía razón.

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